Mi yo primera recorrió la tierra a pie
Amando a los árboles y las piedras
Los animales
Los ríos
El viento
Mi yo primera vibró con los hombres que encontró
Los amó a todos
Dejó en ellos su huella
El semen de esos hombres se fundió con su energía
Con ellos trajo hijos al mundo
No hubo posesión
No hubo máscaras
No hubo espejos
Hubo soles y tormentas
Hubo cuevas con musgo verde
Hubo antorchas encendidas que iluminaron su piel por la noche.
Hubo insectos que cantaron
Hubo nubes gigantescas
Hubo lágrimas en rocas
Hubo sangre
Hubo círculos de piedras.
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Mi segunda yo vivió encerrada entre húmedos muros de piedra
Muros circulares por los que jamás pudo trepar
Debía usar ropas que le eran ajenas
Corpiños ajustados
Medias abrigadas
Cordones gruesos
Ella solía desprenderse de todo
Y caminar desnuda entre plantas y animales
Por eso
La ocultaron tras los muros,
asustados de ese fuego encendido en sus ojos
Mi segunda yo sabía
Los secretos de los hombres
Conocía sus temores
Había descubierto sus debilidades
Tuvieron que quitarle el poder que ella traía
La encerraron ahí con las otras mujeres
Con las lobas
Con las locas
Con las líder de manadas
En las noches, mi segunda yo cantaba
Sentía en su vientre esos amores lejanos
Esos hijos que sus pechos nutrieron
Esas tierras que sus pies pisaron
Cuando llovía a medianoche
Ella brillaba, desnuda, en el patio tras los muros
Brazos abiertos en la oscuridad
Pies descalzos en el barro
Piel entumecida y despierta
Con los años
Mi segunda yo aprendió
A desaparecer de los espacios
Se elevaba alto
Por sobre los muros
Abajo los guardias
Los hombres inseguros
Las mujeres en sus casas
Ocultando sus poderes
Escondiendo sus verdaderos rostros
Entonces, mi segunda yo viajaba
Hasta el bosque y el arroyo
Allí la esperaba
El buen amante
El Hombre fuerte y bondadoso
El Hombre que no le temía
El Hombre que la veneraba
Por ser madre
Por ser mujer
Por ser loba
Por su desnudez
Por el fuego de sus ojos
Por ser libre aún encerrada.
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Mi tercera yo vivió junto al mar
En unas islas poco exploradas
Recogió algas
Cocinó mariscos en la tierra
Con piedras calientes
En hoyos tapados con hojas de nalca
Enseñó en una escuela donde vivían niños y niñas de lugares remotos
Bordó con lanas de colores sus nombres en delantales y sábanas
Les curó heridas en las rodillas
Les sacó dientes sueltos
Sobó guatitas adoloridas
Mató piojos
Cantó con ellos la Violeta Parra
Los vio irse cada año, uno tras otro
Después del curanto
Con un atado de cochayuyo bajo el brazo
Para volver a arrear los bueyes
A cosechar las papas
En las noches estrelladas
Mi tercera yo caminó descalza por las rocas de la playa
Allí fue que un día encontró a la Viola
Tocando desnuda su guitarra
Vio sus pechos que brillaban
Plateados y suaves bajo la luna
Vio su vientre blanco y redondo
Su cabello largo enredado por el viento
Vio sus codos
Sus tobillos
Vio sus ojos negros
Sus dedos rápidos bailando entre las cuerdas
Vio sus dientes blancos, imperfectos
Revelados en el destello de una enorme sonrisa
Mi tercera yo cayó a la arena, mareada
El corazón se le detuvo
El útero caliente
La vulva palpitante
Algo húmedo entre sus piernas
La ruborizó desconcertada
Desde entonces cada noche
Paseó descalza por la playa
Nunca más vio a la Viola
Nunca más dejó de esperarla
Le escribió cartas
Canciones
Con lanas de colores, bordó mil veces su nombre en las sábanas.
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