Te llevo caminando a un barrio donde nunca has estado, en un edificio que nunca has visto, para que entres a un lugar que no te imaginas que existe. Pero existe. Y en el patio hay un magnolio rosado, florecido, y brilla el sol y corre un poco de viento.
El patio está dentro de un convento que los frailes dominicos construyeron en 1753. Entramos por una puerta de madera. Vemos muros amarillos; el solar lleno de flores.
Te digo que cierres los ojos y te tomo de la mano. Tus dedos se sienten fríos entre los míos.
Volvemos a cruzar una puerta de madera; se siente la humedad centenaria del edificio.
Te digo al oído que abras los ojos. Frente a ti, se despliega en todo su esplendor la biblioteca Dominica. Desde el suelo hasta el techo, los lomos empastados tapizando de conocimiento el salón. Te vuelves a mirarme, sorprendida, agradecida, y tus ojos brillan amarillos y enormes.
Te muestro una copia de La Odisea, que se tradujo para el rey Felipe II en 1552. Te cuento de él, de que era nieto de los Reyes Católicos e hijo de Juana la Loca y Carlos V; el del imperio donde nunca se ponía el sol, rey de España y Alemania, ferviente opositor de Lutero; el de fiestas de excesos y enfermo de gota, el que abdicó en favor de Felipe y atravesó 30 km de campos de tabaco para retirarse en el monasterio de Yuste, con la esperanza de que le curaran de su enfermedad.
Tú me escuchas en silencio, mientras tocas suavemente la parte interna de mi brazo.
Observas ese libro y te conectas con la memoria; con los que vinieron antes que nosotras; con los que escribieron todas las historias del planeta.
Nos cambiamos de salón; yo te hablo bajito por atrás del oído rozando apenas tu cuerpo.
Te acercas al bestiario que tiene los grabados de Antonio Tempesta. Es de 1650 y único en América.
Salimos juntas del edificio. Nos miramos en silencio en medio del ruido de las calles de Recoleta.
Tú tomas un Uber y te vas a ver a tu polola. Yo me subo a la bici, para ver sola el atardecer desde la cumbre del cerro San Cristóbal.
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