Tengo las piernas llenas de cicatrices y moretones porque no puedo vivir la vida “con cuidado”.
Hace un año tuve un matrimonio y una buena amiga me acompañó a arreglarme. El matrimonio era en una casona fuera de Santiago, rodeada de árboles y pasto. Yo estaba entusiasmada con la fiesta, pero sentía una presión interna enorme: me gustaba el chico que me había invitado y quería verme linda. No sé qué esperaba que pasara, pero me preocupaba mucho cómo iba a verme. Cómo iba a verme él, cómo iban a verme sus amigos.
Mi amiga me trajo vestidos para probarme, pero no me sentía cómoda -no era yo cuando me miraba en el espejo- así que me puse uno que ya tenía. Era negro, suave y liviano, y me llegaba hasta la rodilla. Me puse unos aros y un collar y me maquillé un poco la cara.
Cuando estaba lista, mi amiga me dijo: “Espera, ¿no te vas a maquillar las cicatrices de las piernas?”
Quedé absolutamente desconcertada. Jamás se me había ocurrido que uno debería, podría, o tuviera que pensar en maquillarse las piernas. No cualquier pierna: mis piernas. Las piernas que me llevaron caminando 800 kilómetros cuando crucé a pie España. Las piernas con las que bailo hasta quedar exhausta, con las que corro por la playa, con las que anduve en bici 80 kilómetros esa noche que cerraron la carretera que va a Valparaíso, sólo para sentir la libertad de quitarle espacio a los autos. Las piernas por las que siempre me he sentido agradecida.
Pensar en maquillarme las piernas para tapar cicatrices de atardeceres felices en el lago, donde los mosquitos me comieron viva; para tapar el pulso vital que me impide dejar de rascarme cuando esas ronchas pican; para tapar la caída de la trotadora de ese día en que me sentía triste y me distraje mientras corría; para tapar los frecuentes moretones de la bici, o de cuando me golpeo contra algo porque voy desconcentrada; para tapar cuando me caí del camarote porque estaba soñando que volaba sobre el mar mientras amanecía.
Pensar en maquillarme para tapar esos momentos de libertad y plenitud.
Le dije que no, pero me costó y me lo cuestioné.
Me miré al espejo una vez más antes de salir y sentí vergüenza de esas piernas imperfectas, que de ser tan mías me parecieron de pronto una cosa ajena. La vergüenza dio paso a la inseguridad. La inseguridad, a los ojos brillosos de lágrimas. Pero respiré profundo, me puse los tacos altos, y salí de la casa tratando de llevar mis piernas - desmaquilladas, con cicatrices, moretones, y bronceadas por el sol - como estandarte orgulloso de mi vida plena, libre, llena de naturaleza, alocada.
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