lunes, 23 de diciembre de 2019

Blanco


Desolación.

Un paisaje blanco. La nieve de Moscú.
No. Es la nieve de Ámsterdam.

Los canales congelados.
Los árboles sin hojas.
Las calles vacías. Las bicicletas amarradas a los puentes cubiertas de nieve.
Las veredas manchadas de sangre oscura. Densa. Tibia.

Es mi sangre.
Es mi sangre.
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El sol en el parque. La gente riendo. Amigos cantando y bailando.
Música gitana.
Niños, animales. La casa azul repleta de gente tomando cerveza, riendo, despreocupada.
Los botes en los canales, los timbres de las bicicletas, los tranvías.
Los adoquines iluminados. El cielo celeste. El día eterno, luminoso.
Blanco.
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33C. Pasillo. El cielo enceguecedor. Imposible abrir la ventanilla. Los carros de comida pasando a mi lado. Turbulencia. Azafatas lloran. La gente grita.
Yo me pregunto cómo será morir en el cielo blanco, reluciente. En el mismo sol.
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Nos miramos largamente. Conversamos en silencio. Me pidió abrazarme. Mi cuerpo tiritó. Tuve ganas de llorar. Al otro lado del mundo, conectados por una pantalla y unos cables. Mi corazón vacío. Frío. Petro. Entonces el mundo en blanco. Abrí los ojos unas horas después. Era cierto todavía. Me había dejado.
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Las cartas las escribí hace tiempo. No sé por qué lo hice, ni de dónde salieron tantas letras, tantas emociones. Es como si otro viviera en mí. ¿Me entiendes? Otra persona. Una vida paralela. Otro.
Una sombra. O quizás no. Quizás ese otro sea blanco. Y yo soy la que se está pudriendo por dentro.
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Alaska. Nunca te vi. No te vi por quedarme junto a alguien. Alguien que dice amarme y que soy su vida. Alguien que nunca tuvo tiempo para mí.
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Alicia sentía los celos como un ardor caliente en la vagina. Se humedecía, palpitaba y -aunque no quería saber nada- siempre quería saber más. Estar celosa la calentaba. Incluso después de haber oído las historias que él (que ellos) le contaban, la sensación se quedaba con ella la tarde entera y a veces hasta la noche. Cuando podía, se escapaba a algún baño y se tocaba con los ojos cerrados. El pecho le dolía, la cabeza daba vueltas con escenas incestuosas, con traiciones pasionales donde ella era la víctima.

Cuando era Marina era otra cosa. Se sentía pura y conectada con la naturaleza. Soñaba con nadar desnuda en el mar frío, con los pezones duros, abajo de rocas ancestrales que hacían que la isla no fuera más que una masa flotante, una excusa para salir al barro y dejarse secar al sol; para tensar luego los músculos y oír la costra de barro seco crujir sobre su piel tersa, limpia.

A veces también era Emma. Entonces se sentía alta, con pechos abundantes coronados por pezones rosados. Le gustaba esperar a sus novios desnuda en la cama, recostada de espalda, piernas arriba, como tocando el techo con los pies. Meciéndose de un lado a otro, en silencio, expectante. No quería un cuerpo perfecto: proyectaba sus anhelos físicos en el cuerpo de sus amantes. Adoraba a los hombres, pero su deseo más secreto era tocar a una mujer y ser tocada por ella. Sentir sus pechos, sus caderas, su vientre, la curvatura de las axilas, la suavidad de la espalda, oler el pelo, sentir las concavidades de sus manos en esas nalgas suaves.

Cuando era Clara era más ella misma. Pequeña, imperfecta, con cicatrices en las piernas y en los brazos. Con hombros caídos, pero ojos brillantes. Decía mentiras para poner celosos a los hombres. Mentiras para llenar su cabeza de fantasías. Mentiras para salvar el deseo impronunciable, para no decir lo que explota en el silencio.

Pamela, por su parte, solo podía escribir cuando estaba caliente. Antes de masturbarse. Su sueño de ser escritora siempre quedaba postergado por la llegada del amante o por sus manos ansiosas que bajaban a las profundidades de su sexo y apenas rozando el clitoris se mojaba de placer y ya no podía escribir más. Cuando sí escribía, lo hacía con letra muy pequeña, para que el cerebro no interrumpiera su conciencia creativa. Escribía como si nadie nunca fuera a leer sus letras: sin censura y con honestidad.

Un tiempo se concentró en hacer sexo oral a los hombres. Quería ser la mejor. Era tan insegura que no lograba disfrutar su cuerpo. En esos días la llamaban Paula. Se dejó tocar y manosear en bodegas y autos, aeropuertos, casas en venta, salones de fotografía. Se dejó tocar los pechos muchos años más tarde en un salón de fotos. Entonces era Laura, tocaba el saxo, tenía un novio en Holanda pero vivía en Suiza. Tenía otro novio en Suiza pero amaba al de Holanda. Quería experimentar. Como entonces. Dejó que el fotógrafo le tocara los pechos. Por debajo de la blusa, como en esa película que vio a los siete años, cuando los dos amigos le tocaban cada uno un pecho a la protagonista -a la protagonista que Clara entonces envidiaba tanto. Cuando iba al cine nunca usaba sostén, por si se cumplía su fantasia de una mano desconocida acariciando sus pechos en la oscuridad de la película.
Pero lo que pasó con Laura fue distinto. Dice que la drogaron, que ella en realidad no quería tener sexo. Que fumó una pipa y luego estaba muy cansada, que quería irse pero no podía. Que él la desvistió. Que tuvieron sexo sin condón. Que se sintió violada. Su novio de Holanda, al que amaba pero no veía, le dijo que denunciara al fotógrafo violador. Y Laura fue a juicio y se sintió importante.

Laura, Paula, Pamela, Clara, Emma, Marina, Alicia. 
Tuvo que recordar que pese a todo solo se tenía a sí misma.