Alicia sentía
los celos como un ardor caliente en la vagina. Se humedecía, palpitaba y -aunque no quería saber nada-
siempre quería saber más. Estar celosa la calentaba. Incluso después de haber
oído las historias que él (que ellos) le contaban, la sensación se quedaba con
ella la tarde entera y a veces hasta la noche. Cuando podía, se escapaba a
algún baño y se tocaba con los ojos cerrados. El pecho le dolía, la cabeza daba
vueltas con escenas incestuosas, con traiciones pasionales donde ella era la
víctima.
Cuando era
Marina era otra cosa. Se sentía pura y conectada con la naturaleza. Soñaba con
nadar desnuda en el mar frío, con los pezones duros, abajo de rocas ancestrales
que hacían que la isla no fuera más que una masa flotante, una excusa para
salir al barro y dejarse secar al sol; para tensar luego los músculos y oír la
costra de barro seco crujir sobre su piel tersa, limpia.
A veces
también era Emma. Entonces se sentía alta, con pechos abundantes coronados por
pezones rosados. Le gustaba esperar a sus novios desnuda en la cama, recostada
de espalda, piernas arriba, como tocando el techo con los pies. Meciéndose de
un lado a otro, en silencio, expectante. No quería un cuerpo perfecto: proyectaba
sus anhelos físicos en el cuerpo de sus amantes. Adoraba a los hombres, pero su
deseo más secreto era tocar a una mujer y ser tocada por ella. Sentir sus
pechos, sus caderas, su vientre, la curvatura de las axilas, la suavidad de la
espalda, oler el pelo, sentir las concavidades de sus manos en esas nalgas suaves.
Cuando era Clara
era más ella misma. Pequeña, imperfecta, con cicatrices en las piernas y en los
brazos. Con hombros caídos, pero ojos brillantes. Decía mentiras para poner
celosos a los hombres. Mentiras para llenar su cabeza de fantasías. Mentiras
para salvar el deseo impronunciable, para no decir lo que explota en el
silencio.
Pamela, por
su parte, solo podía escribir cuando estaba caliente. Antes de masturbarse. Su
sueño de ser escritora siempre quedaba postergado por la llegada del amante o
por sus manos ansiosas que bajaban a las profundidades de su sexo y apenas
rozando el clitoris se mojaba de placer y ya no podía escribir más. Cuando sí escribía,
lo hacía con letra muy pequeña, para que el cerebro no interrumpiera su
conciencia creativa. Escribía como si nadie nunca fuera a leer sus letras: sin
censura y con honestidad.
Un tiempo
se concentró en hacer sexo oral a los hombres. Quería ser la mejor. Era tan
insegura que no lograba disfrutar su cuerpo. En esos días la llamaban Paula. Se
dejó tocar y manosear en bodegas y autos, aeropuertos, casas en venta, salones
de fotografía. Se dejó tocar los pechos muchos años más tarde en un salón de
fotos. Entonces era Laura, tocaba el saxo, tenía un novio en Holanda pero vivía
en Suiza. Tenía otro novio en Suiza pero amaba al de Holanda. Quería experimentar.
Como entonces. Dejó que el fotógrafo le tocara los pechos. Por debajo de la
blusa, como en esa película que vio a los siete años, cuando los dos amigos le
tocaban cada uno un pecho a la protagonista -a la protagonista que Clara
entonces envidiaba tanto. Cuando iba al cine nunca usaba sostén, por si se
cumplía su fantasia de una mano desconocida acariciando sus pechos en la oscuridad
de la película.
Pero lo que
pasó con Laura fue distinto. Dice que la drogaron, que ella en realidad no
quería tener sexo. Que fumó una pipa y luego estaba muy cansada, que quería
irse pero no podía. Que él la desvistió. Que tuvieron sexo sin condón. Que se
sintió violada. Su novio de Holanda, al que amaba pero no veía, le dijo que denunciara
al fotógrafo violador. Y Laura fue a juicio y se sintió importante.
Laura, Paula,
Pamela, Clara, Emma, Marina, Alicia.
Tuvo que recordar que pese a todo solo se
tenía a sí misma.