Desolación.
Un paisaje blanco. La nieve de Moscú.
No. Es la nieve de Ámsterdam.
Los canales congelados.
Los árboles sin hojas.
Las calles vacías. Las bicicletas amarradas
a los puentes cubiertas de nieve.
Las veredas manchadas de sangre oscura.
Densa. Tibia.
Es mi sangre.
Es mi sangre.
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El sol en el parque. La gente riendo.
Amigos cantando y bailando.
Música gitana.
Niños, animales. La casa azul repleta de
gente tomando cerveza, riendo, despreocupada.
Los botes en los canales, los timbres de
las bicicletas, los tranvías.
Los adoquines iluminados. El cielo celeste.
El día eterno, luminoso.
Blanco.
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33C. Pasillo. El cielo enceguecedor.
Imposible abrir la ventanilla. Los carros de comida pasando a mi lado.
Turbulencia. Azafatas lloran. La gente grita.
Yo me pregunto cómo será morir en el cielo
blanco, reluciente. En el mismo sol.
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Nos miramos largamente. Conversamos en
silencio. Me pidió abrazarme. Mi cuerpo tiritó. Tuve ganas de llorar. Al otro
lado del mundo, conectados por una pantalla y unos cables. Mi corazón vacío.
Frío. Petro. Entonces el mundo en blanco. Abrí los ojos unas horas después. Era
cierto todavía. Me había dejado.
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Las cartas las escribí hace tiempo. No sé
por qué lo hice, ni de dónde salieron tantas letras, tantas emociones. Es como
si otro viviera en mí. ¿Me entiendes? Otra persona. Una vida paralela. Otro.
Una sombra. O quizás no. Quizás ese otro
sea blanco. Y yo soy la que se está pudriendo por dentro.
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Alaska. Nunca te vi. No te vi por quedarme
junto a alguien. Alguien que dice amarme y que soy su vida. Alguien que nunca
tuvo tiempo para mí.
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