martes, 20 de noviembre de 2018

Maldita

Maldita forma de querer.
Maldita forma de mirarte y de pensarte.
Maldita desnudez. Maldita entrega.
Maldita piel que tiene tus marcas.
Maldita memoria que te mantiene ahí aferrada.

Maldita forma de quererte.
Maldita forma de extrañarte, de no poder verte con indiferencia.
Malditas ganas de escribirte y de besarte.
Malditas ganas de desnudarte y recorrer con mis labios absolutamente todo tu cuerpo.

Maldita forma de querernos.
Maldita forma de terminar.
Maldita expectativa de que las cosas serían distintas. De que no importaba lo que pasara, en algún lugar profundo y verdadero, siempre nos tendríamos la una a la otra. Aunque fuera imposible en todos los universos.

Maldita la suerte de ser amantes incompletas. De no poder pasar un fin de semana contigo.
De no poder llevarte a esas citas imaginarias.
De no poder resolver juntas conflictos, de no poder reírnos, de no poder pelearnos.
Maldita imposibilidad de verte.

Maldita libertad que me hizo pensar en ti.

domingo, 18 de noviembre de 2018

Cita imaginaria - Miércoles 6 de noviembre, año 2024

Caminamos por la arena blanca y suave de isla Holbox. Es de noche y no hay luna. La oscuridad es absoluta, el cielo está tapizado de estrellas.

Entramos al mar, el agua está fresca y corre un viento cálido. Nos subimos a un paddle board y vamos mar adentro. Me preguntas qué vamos a hacer y te digo que es una sorpresa, que te voy a mostrar de qué sobreviven los tiburones ballena, que vas a ver el color del origen de la vida en este planeta.
Sonríes y veo tus ojos brillantes -verdes, amarillos-, veo tu pelo y tu piel suaves y brillante; en definitiva brillas y resplandeces en esta oscuridad en la que te adentro.

Nos acercamos a un banco de arena. Sin avisarte, salto al mar y me muevo suavemente. Del mar surgen pequeños fragmentos de luces, reacciones químicas al movimiento; bioluminiscencia.

Nos acostamos de espalda en la misma tabla - nuestra piel rozándose apenas- y toco suavemente con mis manos el agua. Todo a nuestro alrededor se ilumina y resplandece. Fragmentos químicos que quedaron aquí, venidos del espacio exterior, atrapados en la belleza del planeta Tierra.

Arriba el cielo estrellado
Las galaxias chocando
El universo expandiéndose
Las manchas de gas
Los hoyos negros
Las rocas que pasan tan rápido por la atmósfera que se queman y transforman en estrellas fugaces.

Abajo nosotras, admirando la inmensidad del universo; pidiendo deseos infinitos, como este sentimiento que nace de mi cuerpo y me hace querer unirme a ti, como si fuéramos una sola cosa.

sábado, 17 de noviembre de 2018

Marcas

Tengo las piernas llenas de cicatrices y moretones porque no puedo vivir la vida “con cuidado”.

Hace un año tuve un matrimonio y una buena amiga me acompañó a arreglarme. El matrimonio era en una casona fuera de Santiago, rodeada de árboles y pasto. Yo estaba entusiasmada con la fiesta, pero sentía una presión interna enorme: me gustaba el chico que me había invitado y quería verme linda. No sé qué esperaba que pasara, pero me preocupaba mucho cómo iba a verme. Cómo iba a verme él, cómo iban a verme sus amigos.

Mi amiga me trajo vestidos para probarme, pero no me sentía cómoda -no era yo cuando me miraba en el espejo- así que me puse uno que ya tenía. Era negro, suave y liviano, y me llegaba hasta la rodilla. Me puse unos aros y un collar y me maquillé un poco la cara.

Cuando estaba lista, mi amiga me dijo: “Espera, ¿no te vas a maquillar las cicatrices de las piernas?”

Quedé absolutamente desconcertada. Jamás se me había ocurrido que uno debería, podría, o tuviera que pensar en maquillarse las piernas. No cualquier pierna: mis piernas. Las piernas que me llevaron caminando 800 kilómetros cuando crucé a pie España. Las piernas con las que bailo hasta quedar exhausta, con las que corro por la playa, con las que anduve en bici 80 kilómetros esa noche que cerraron la carretera que va a Valparaíso, sólo para sentir la libertad de quitarle espacio a los autos. Las piernas por las que siempre me he sentido agradecida.

Pensar en maquillarme las piernas para tapar cicatrices de atardeceres felices en el lago, donde los mosquitos me comieron viva; para tapar el pulso vital que me impide dejar de rascarme cuando esas ronchas pican; para tapar la caída de la trotadora de ese día en que me sentía triste y me distraje mientras corría; para tapar los frecuentes moretones de la bici, o de cuando me golpeo contra algo porque voy desconcentrada; para tapar cuando me caí del camarote porque estaba soñando que volaba sobre el mar mientras amanecía.

Pensar en maquillarme para tapar esos momentos de libertad y plenitud.

Le dije que no, pero me costó y me lo cuestioné.

Me miré al espejo una vez más antes de salir y sentí vergüenza de esas piernas imperfectas, que de ser tan mías me parecieron de pronto una cosa ajena. La vergüenza dio paso a la inseguridad. La inseguridad, a los ojos brillosos de lágrimas. Pero respiré profundo, me puse los tacos altos, y salí de la casa tratando de llevar mis piernas - desmaquilladas, con cicatrices, moretones, y bronceadas por el sol - como estandarte orgulloso de mi vida plena, libre, llena de naturaleza, alocada.

domingo, 21 de octubre de 2018

Ideas sueltas


En libertad  el ser humano conoce. En el conocimiento está la base del pensamiento crítico.
Si Mary Kingsley, la llamada reina de Africa por convivir con comunidades caníbales, criticó la colonización y el desprecio de Europa hacia las comunidades nativas africanas, fue porque fue libre de conocer y de pensar. 
La etimología de la palabra conocer viene de con conocimiento como una acción duradera.
En inglés to know viene del germánico y se relaciona a identificar, reconocer.
Conocer es identificar al otro y reconocerlo. Al reconocer al otro surge la dignidad. Si reconocemos la dignidad del otro es posible pensar críticamente sobre la dominación o el desprecio.
Ojalá las escuelas de Chile se enfoquen en el conocer como descubrimiento y no apropiación, como curiosidad genuina y no como confirmación de lo que otros han repetido, como posibilidad de empatía, libertad, respeto y humanidad.

Cita imaginaria - Jueves 17 de diciembre, año 2020


Te llevo a las termas de Colina a medianoche. Las estrellas desperdigadas en el cielo oscuro.
Nos adentramos en la cordillera profunda por un paisaje que parece prehistórico. Montañas partidas al medio por acantilados, piedras enormes que hay que bordear por el camino de tierra.
Aquí no llega la señal de radio y todo está en silencio.
Tú me miras con tus ojos brillantes mientras yo manejo.
Nos acercamos despacio a una casona y un hombre levanta la barrera para dejarnos pasar.
Caminamos de la mano, alumbrando con una linterna; tú tiritas de frío.
Llegamos a una poza de agua caliente, humeante.
Te digo que te desvistas y me miras intensamente.
Yo me abro el pantalón, me saco la polera. Mi cuerpo refleja el celeste del agua. No hay nadie alrededor.
Entramos al agua y ahora sí la oscuridad es absoluta. Apenas podemos ver nuestros gestos.
Nos acercamos, tu piel tan cerca de la mía. Escucho tu respiración y mi corazón parece salirse del pecho.

De pronto, sobre la montaña, vemos la luna salir.

Cita imaginaria - Jueves 20 de diciembre, año 2018


Vamos al Harvard borrachas
Bailamos reggaetón indecente.
Amanece y comemos sopaipillas.
Caminamos hacia la Alameda.
La gente pasa alrededor nuestro y nos empuja porque vamos lento, como si no quisiéramos llegar, como si no quisiéramos que la noche se acabara.
Antes de cruzar el puente, te acerco a mí. No puedo resistirme. Me acerco a tu cuello, respiro cerca de tu oído y me quedo ahí, quieta, habitando esa zona íntima y expuesta.
Bellavista arde de gente borracha, de vendedores de cosas que humean, de amigos que cantan a todo pulmón.
Nosotras no escuchamos nada. Nada más que nuestra respiración.
Rozo tu piel suave con mis labios gruesos, la curvatura de tu cuello, el comienzo de tu hombro. Lentamente, entrelazas tus dedos con los míos.

martes, 25 de septiembre de 2018

Cita imaginaria - Martes 19 de octubre, año 2021


Te llevo caminando a un barrio donde nunca has estado, en un edificio que nunca has visto, para que entres a un lugar que no te imaginas que existe. Pero existe. Y en el patio hay un magnolio rosado, florecido, y brilla el sol y corre un poco de viento.  

El patio está dentro de un convento que los frailes dominicos construyeron en 1753. Entramos por una puerta de madera. Vemos muros amarillos; el solar lleno de flores. 

Te digo que cierres los ojos y te tomo de la mano. Tus dedos se sienten fríos entre los míos.

Volvemos a cruzar una puerta de madera; se siente la humedad centenaria del edificio. 

Te digo al oído que abras los ojos. Frente a ti, se despliega en todo su esplendor la biblioteca Dominica.  Desde el suelo hasta el techo, los lomos empastados tapizando de conocimiento el salón. Te vuelves a mirarme, sorprendida, agradecida, y tus ojos brillan amarillos y enormes.

Te muestro una copia de La Odisea, que se tradujo para el rey Felipe II en 1552. Te cuento de él, de que era nieto de los Reyes Católicos e  hijo de Juana la Loca y Carlos V; el del imperio donde nunca se ponía el sol, rey de España y Alemania, ferviente opositor de Lutero; el de fiestas de excesos y enfermo de gota, el que abdicó en favor de Felipe y atravesó 30 km de campos de tabaco para retirarse en el monasterio de Yuste, con la esperanza de que le curaran de su enfermedad.

Tú me escuchas en silencio, mientras tocas suavemente la parte interna de mi brazo. 

Observas ese libro y te conectas con la memoria; con los que vinieron antes que nosotras; con los que escribieron todas las historias del planeta.

Nos cambiamos de salón; yo te hablo bajito por atrás del oído rozando apenas tu cuerpo.

Te acercas al bestiario que tiene los grabados de Antonio Tempesta. Es de 1650 y único en América. 

Salimos juntas del edificio. Nos miramos en silencio en medio del ruido de las calles de Recoleta. 

Tú tomas un Uber y te vas a ver a tu polola. Yo me subo a la bici, para ver sola el atardecer desde la cumbre del cerro San Cristóbal.